κάθαρσις.
En la antigüedad, el espectador griego, por las acciones de la tragedia, experimentaba simpatía (pathos) con las experiencias del héroe por medio del sentimiento de la compasión (éleos) y el miedo o terror (phobos), provocando en los griegos una purificación de sus pasiones y una comprensión del hombre con relación a su destino (hado) y al de los dioses.
Por medio de la creación literaria, entre el escritor y el que lo lee, se abre una posibilidad de liberación en el uno como en el otro, el diálogo.

26/1/11

Carlos no sabría en ningún momento que nada volvería a estar dispuesto, su amigo de siempre en la misma esquina del mismo bar a la misma hora, las sillas tenían conciencia ya de sus rutinarias posturas, que de alguna forma no podría explicar, porque no era necesario hacerlo. Era latente, previsible, la siempre ingenua confianza de que tomará el café,  saldrá de su casa a las cinco de la madrugada, se despedirá de Mónica, conducirá hasta el trabajo, mascullará unos cuantos insultos al celador de las seis de la mañana los miércoles, por dejarlo en espera a la entrada del parqueadero, nunca le fue grato abrirle las puerta a otro  que no fuera él quien entrara a las de su propia y nunca conseguida empresa -mientras el de las cinco de la tarde se dispondrá para despedirlo con familiaridad, de discreta mano en la rodilla; no es el mismo celador, tampoco el parqueadero- Carlos verá los mismos documentos, la marca agria de sudor en el mismo teclado que hace cinco años agudiza la enfermedad de sus coyunturas.
Esta vez no era simple, la atmosfera de ese día transportaba en sus movimientos una excepción, una inescrutable ley del azar que dictaba sus movimientos de forma discontinua, no orquestada por su confianza. Siete de la mañana. Frente al espejo, mientras te anudabas la corbata, sentiste una mirada que te interpelaba, y en lo que demora un escalofrío, ser el reflejo de quien se anudaba esa corbata. Saliste a las ocho, no sé por qué no despinchaste la llanta de repuesto la noche anterior, te dejé una nota sobre la mesa de noche; el café que tenías que tomar faltando quince minutos para salir lo tomaste faltando cinco, ¡craso error!, ahora por ser tan oscuro tendrás algo de agrieras; pero linda coincidencia, me recuerda la sombra que entraña la falda de Mónica, con su fuerza de ave inquieta, con su aire oriental y esa placentera ansiedad de descubrir alguna perla, un perfume; pero que al final del día causa una molestia, algo que queda encalado en la garganta y no será posible sacarlo como ese café que cobrará venganza hasta el final del día.
Frente al parqueadero, pensaste en un instante a Mónica, el celador te abrió las puertas. El teclado… ¿cambiaste el teclado? Vaya color, otros compañeros hubieran tenido mejor gusto ¿Crees que no te puse la nota para que llegaras tarde? Cinco de la tarde, puertas del parqueadero abiertas, el celador de labios siempre inquietos lapidó su gesto, -te dije que no pensaras en el celador de las seis-. Tráfico pesado, la angustia rutinaria te figuró nuevas entrañas. Llegaste a casa. El cuchillo, ¿lo encontraste, viste dónde lo dejé? ¿No ibas a probar esa torta que te trajo Mónica de la repostería? Seguro te esperó en la habitación para ver la serie de las ocho, puerta de la habitación abierta, televisor sin señal, control remoto fuera de sitio, sábanas corrugadas como un cuerpo acechado, lámpara con brillo tenue, grifo de la ducha abierto, el vaho inunda los espejos, los vidrios, como si no quisieran ser la voz delatora, y ese cuerpo que yace entre estas manos que extrañamente emergen de otras no late. Francamente, en este último instante, mi buen amigo Carlos, y te lo juro porque me llamo Carlos, no sé quién de los dos escribe este cuento. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario