En las noches tu cuerpo desnudo envuelto de sombras visto el traje del ausente. Mi cuerpo va tomando forma en tu cuerpo a través de la incertidumbre que traen las horas. Detenida como la memoria que quiere perdurar en el aroma de otro, respiras en el ámbito de esta habitación y eres tú quien me respira, así mi boca se convierte en un aleteo enmudecido atrapado por tu boca, tus parpados cerrados se abren del otro lado de una puerta que no alcanzo, tu pecho sube y desciende lentamente la curvatura de tu seno que define el calor de mi mano. No hay más que silencio, ese espejo que se abisma en su contorno y las cosas que se congregan en una materia inmóvil. Entonces en la lentitud de un girasol brota mi ombligo sobre el horizonte de tu torso y se asoma en las márgenes de tus caderas, que como de un volcán ingobernable liberan la lucidez de mi cuerpo, y me empieza la escritura lenta y segura de tus muslos a dar dos torrentes de firme sustancia errante que son los míos. Mis rodillas juntas eclipsan la claridad de tus rodillas que como desde lo alto son sostenidas por una tierra firme donde camina la vida que son nuestros pies que jamás se han encontrado.
κάθαρσις.
En la antigüedad, el espectador griego, por las acciones de la tragedia, experimentaba simpatía (pathos) con las experiencias del héroe por medio del sentimiento de la compasión (éleos) y el miedo o terror (phobos), provocando en los griegos una purificación de sus pasiones y una comprensión del hombre con relación a su destino (hado) y al de los dioses.
Por medio de la creación literaria, entre el escritor y el que lo lee, se abre una posibilidad de liberación en el uno como en el otro, el diálogo.
13/3/11
1/2/11
"Por tus sueños
soy pequeña botella condenada
entre sonámbula mancha de ondas.
Me arrojaste sin cuidado
en medio de un mapa azul
gobernado por gaviotas
sobre un imperio solitario"
Fueron estos versos, entre los estragos del invierno, que emergían de una sombra en un pequeño recodo de la olvidada estructura. El no era sólo sombra, sino la periferia del cuerpo desgajado de aquella casa. Entre una calle y otra, se distanciaba el mundo de esa botella que no era más que el desprecio de una mujer y de todas las casas.
soy pequeña botella condenada
entre sonámbula mancha de ondas.
Me arrojaste sin cuidado
en medio de un mapa azul
gobernado por gaviotas
sobre un imperio solitario"
Fueron estos versos, entre los estragos del invierno, que emergían de una sombra en un pequeño recodo de la olvidada estructura. El no era sólo sombra, sino la periferia del cuerpo desgajado de aquella casa. Entre una calle y otra, se distanciaba el mundo de esa botella que no era más que el desprecio de una mujer y de todas las casas.
26/1/11
Carlos no sabría en ningún momento que nada volvería a estar dispuesto, su amigo de siempre en la misma esquina del mismo bar a la misma hora, las sillas tenían conciencia ya de sus rutinarias posturas, que de alguna forma no podría explicar, porque no era necesario hacerlo. Era latente, previsible, la siempre ingenua confianza de que tomará el café, saldrá de su casa a las cinco de la madrugada, se despedirá de Mónica, conducirá hasta el trabajo, mascullará unos cuantos insultos al celador de las seis de la mañana los miércoles, por dejarlo en espera a la entrada del parqueadero, nunca le fue grato abrirle las puerta a otro que no fuera él quien entrara a las de su propia y nunca conseguida empresa -mientras el de las cinco de la tarde se dispondrá para despedirlo con familiaridad, de discreta mano en la rodilla; no es el mismo celador, tampoco el parqueadero- Carlos verá los mismos documentos, la marca agria de sudor en el mismo teclado que hace cinco años agudiza la enfermedad de sus coyunturas.
Esta vez no era simple, la atmosfera de ese día transportaba en sus movimientos una excepción, una inescrutable ley del azar que dictaba sus movimientos de forma discontinua, no orquestada por su confianza. Siete de la mañana. Frente al espejo, mientras te anudabas la corbata, sentiste una mirada que te interpelaba, y en lo que demora un escalofrío, ser el reflejo de quien se anudaba esa corbata. Saliste a las ocho, no sé por qué no despinchaste la llanta de repuesto la noche anterior, te dejé una nota sobre la mesa de noche; el café que tenías que tomar faltando quince minutos para salir lo tomaste faltando cinco, ¡craso error!, ahora por ser tan oscuro tendrás algo de agrieras; pero linda coincidencia, me recuerda la sombra que entraña la falda de Mónica, con su fuerza de ave inquieta, con su aire oriental y esa placentera ansiedad de descubrir alguna perla, un perfume; pero que al final del día causa una molestia, algo que queda encalado en la garganta y no será posible sacarlo como ese café que cobrará venganza hasta el final del día.
Frente al parqueadero, pensaste en un instante a Mónica, el celador te abrió las puertas. El teclado… ¿cambiaste el teclado? Vaya color, otros compañeros hubieran tenido mejor gusto ¿Crees que no te puse la nota para que llegaras tarde? Cinco de la tarde, puertas del parqueadero abiertas, el celador de labios siempre inquietos lapidó su gesto, -te dije que no pensaras en el celador de las seis-. Tráfico pesado, la angustia rutinaria te figuró nuevas entrañas. Llegaste a casa. El cuchillo, ¿lo encontraste, viste dónde lo dejé? ¿No ibas a probar esa torta que te trajo Mónica de la repostería? Seguro te esperó en la habitación para ver la serie de las ocho, puerta de la habitación abierta, televisor sin señal, control remoto fuera de sitio, sábanas corrugadas como un cuerpo acechado, lámpara con brillo tenue, grifo de la ducha abierto, el vaho inunda los espejos, los vidrios, como si no quisieran ser la voz delatora, y ese cuerpo que yace entre estas manos que extrañamente emergen de otras no late. Francamente, en este último instante, mi buen amigo Carlos, y te lo juro porque me llamo Carlos, no sé quién de los dos escribe este cuento.
20/1/11
Agosto
Está la memoria del silencio
Comprimida en un solo pecho, el mío.
Su tumba en mi alma, la desventura
Me decora como mausoleo de su
Única llama, soledad.
Y no hay otro eco en el mundo
Que el reverberado por mi aliento.
Soy lo que tus besos nunca recorrieron:
Escombros de piel en noche de puñales.
Sé que los vientos de Agosto arrancan
Girasoles de tu cabello, que tu mirada
Esmeraldada impregna calles incógnitas,
Y bien podría decir que tu ser
Se deshaga en la sustancia más sutil
A punto de bordear la boca del abismo;
No es este el dilema ni el destino de la muerte,
Es la irrecusable falta de mi rastro en los tuyos.
En un día colmado de ti, cada cosa y momento
Del mundo eran experiencia de la alegría.
Vi la dicha con que envejecen las cosas:
El retrato del tiempo en los viejos licores,
La casona familiar extraña a sus visitantes,
Una mano venal entretejida a la otra.
Me sostengo fuertemente, me arrastra
Tu ausencia de las mortajas. La tristeza
Me revela un secreto nuevo,
Soy el olvido del tiempo,
Algo en mí se detuvo:
El amor.
19/1/11
![]() |
Gaius Julius Caesar Augustus (Cayo Julio César Augusto Germánico) "Calígula" |
Me miras, siempre me miras,
como el tiempo a través de las frutas
y la juguetona presencia del mundo.
Ríos de escarcha respira tu casa antigua
donde en su rincón enmudece mi pulso herido.
Las palomas sumergen como canoas viejas,
las horas me disipan los tules de la noche,
llena de caricias desciendes sobre la mesa,
fragilidad en mis ojos, por tu mejilla almidonada
el delirio de quien soñó con lo imposible.
La cama, el azul, los libros, la muerte, el hado;
de raíces a arterias, añejan el músculo nocturno.
No es la luz cueva de distancias en la noche,
ni los estratos de un dios inmaculado,
ni la forma del insomnio en la sombra de las cosas;
buscan los hombres en tu procesión de centinela
la copa delirante que reverbera en la otra orilla.
Sangre errante entre guerras y promesas
con lo pies lechosos por el mar oscuro.
Paciencia de los siglos por tus noctámbulos hombros.
Me has parido esta noche sin cerrojos ni fatigas,
hijo de la luna; y en mi desvelado cuerpo,
la forma de la marca de tu boca.
Como al tigre y la memoria, me sumerges en tu sueño erguido.
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